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lunes, agosto 16, 2010

Caravaggio, prostitutas y bandidos, por Martín Cid

Como escritor, me gusta la pintura que (además de los logros técnicos que son propios de su arte) encierre una narración. Es decir, me gusta el Barroco. Dentro de este periodo creo que mi artista favorito es Caravaggio.

Cuando pensamos en un pintor de la Roma del XVII, nos imaginamos un tipo culto y de modales refinados: nada que ver con él.

Pendenciero y asesino, jugador y vicioso, murio ahogado por enemigos en extrañas circunstancias. Final lógico para un hombre que había vivido entre los suyos: putas y vandidos.

Diden que los tomaba por modelos, dicen que los curas se escandalizaban viendo la cara de famosas mujeres de mala vida en sus santas y Vírgenes y la de los criminales en los apóstoles de Cristo, dicen tantas cosas y de quien crea y vive en la leyenda.

Me gusta Caravaggio porque me hace imaginar.




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domingo, febrero 08, 2009

Bellas Mentiras


"Las Mil y Una Noches” surge como la mentira de una mentirosa encerrada en un texto de mil rostros. Fue el sultán Shahriar quien, tras descubrir el adulterio de su mujer, decide asesinarla y pedir una mujer por noche al visir (claro está, para posteriormente asesinarlas a la mañana). Las noches de diversión y las mañanas de júbilo terminan cuando aparece Sherezade quien, gracias a la narración de un cuento, logra entretener al buen hombre y así salvar la vida..

He aquí donde comienzan nuestras “Las Mil y Una Noches” y he aquí donde comienza nuestro número cuatro. Los relatos irán desde la tragedia hasta el drama pasando por algunos relatos humorísticos; nuestra narración comienza de la mano de Isabel Allende y nos despierta entre los sueños de Alix O`toole y Sergio Rodríguez. Quizá nos despertemos entre las esculturas de Janinne Wolfsohn o en un barco de la mano de esos navegantes del Palomar o entre un arpa mágica. Ya se escuchan los acordes, ya el sultán espera atento una nueva historia.
Tres años (y varios hijos) llevaron a nuestra contadora de historias a mundos perdidos y encuentros inesperados a través de esa tan comentada estructura encajada, a través de falsedades de traducción y verdaderas búsquedas bibliófagas. Borges miente de nuevo e incluye un nuevo texto, esta vez de ese su heterónimo llamado Borges en ese relato tan erótico como malsano, tan diferente como extraño como buscado como encontrado y reencontrado y muerto cada mañana otra vez para volver a renacer en la imaginación de los mentirosos, en la verdad de las palabras.
Como sucede con otros también famosos libros, “Las Mil y Una Noches” nos ha llegado gracias a esfuerzos varios, unas veces tejidos con medias mentiras, otras con medias verdades (como los famosos cuentos de Aladino, Ali Babá o el mismo SImbad, que según algunos estudiosos parece que no formaron nunca parte de la recopilación original, sino que fueron añadidos de Antoine Galland). Y es que tal vez la fascinación que aún hoy nos envuelve en torno a este texto persa tiene que ver con ese mismo misterio que una noche trataron de resolver otros famosos heterónimos llamados Guillermo de Baskerville y Adzo de Melk: ¿dónde está la verdad? Ya lo dijo el famoso florentino. Y es que el arte, siempre, no es más que una bella mentira y una traducción sobre una traducción de un original perdido. Tal vez algún día, en una biblioteca que soñó un poeta, un novelista encuentre una historia dentro de una historia y quizá ésta nos lleve, tejida entre mentiras y falsedades idiomáticas, a esa gran verdad que sólo la luz de un antiguo candil puede enseñarnos: que la vida es ilusión y que sólo la imaginación puede llevarnos a vivir un día más, a amanecer y mirar el futuro despacio tras los ojos de una contadora de historias que lucha por conservar su vida con la única arma que les es dada empuñar a los gigantes, La Palabra.
Otra vez, un viaje dentro de un viaje…, otra vez nuestra imagen reflejada en el muro opaco y candente de las palabras que se deslizan, atentas y enfermas, al suave transcurrir del relato eterno, fiel y mentiroso, tan sincero como el amor de Sherezade tras el irónico cuchillo del lector dispuesto siempre de esa nuestra Luna llamada Yareah.