Intervienen:
HORIA BARNA, DIR. ICR MADRID
MARTÍN CID, DIR. REVISTA YAREAH
Sábado, el 26 de septiembre, a las 20.00 h
A veces ya he referido a Internet como el invento más importante desde ése de Gutenberg. Esta mañana (ya se sabe, lunes, entre que actualizo mi gentoo y demás al final me paso toda la mañana descubriendo “cosillas nuevas”) he echado un ojo a eso de la web 2.0. Páginas como barrapunto.com o meneame.net funcionan siguiendo un sistema de votos (en algunas ocasiones llamado “karma”). A partir de ahí el usuario se integra, poco a poco, en una especie de comunidad global (Woody Allen sacaría ahora a Mashall McLuhan de entre el público, pero me parece que me he quedado sin presupuesto para ello) que le llevará a la fama, la fortuna y la gloria (qué miedo).
Ironías aparte, parece que la llamada “Web 2.0” serviría como epicentro ideológico de un mundo electrónico interconectado, en una nueva forma de conocimiento global que se diversifica a medida que los enlaces y los nuevos métodos de programación dinámica evolucionan (con frases como ésta parece hasta que entiendo de qué estoy hablando).
Cuando comenzaba internet ya se veía como una forma de gran potencial (demasiado, decían algunos). La gran masa de personas a la que una sola noticia o comentario es, simplemente, impresionante. Millones de personas pueden acceder a un texto sin paso por ninguna autoridad competente que haga de censor.
Hasta ahora (ahora es cuando suenan acordes funestos).
En España se escuchan ecos de algunas otras voces que claman como una censura sobre la red. Algunos dicen (si es que el sentido del humor nunca dejará de existir) que los escritores de la red, ahora los llaman bloggers, tendrían que auto-censurarse (yo ya he comprado mi látigo, ¿y tú?). Los ecos hablan de un filtro que distinga lo bueno de lo malo, y que el sistema electrónico de selección de contenidos (basado en parámetros puramente matemáticos cuantificados según el interés OBJETIVO) es malo y habría que revisarlo. ¿Por quién? Clara está la respuesta: por esos ecos interesados que incluso, a veces, tienen incluso rostro y una sede diseñada por algún famoso arquitecto.
Cuando surgió internet la vi como una manera directa de dar a conocer al público mis escritos. El tiempo ha pasado y ahora la veo la única manera lícita de dar a conocer los escritos. ¿Una editorial clásica? Sí, si viviésemos en el siglo XVIII. El papel, como los coches de caballos, está dejando paso al formato electrónico (si bien es cierto que se hace más cómodo leer en papel, por ello las editoriales aún mantendrán cierta cuota de mercado durante algunos años).
Pero el ascenso al poder de la red es imparable. Como los caballos quedaron como un objeto de lujo, sólo para uso lúdico, así también el papel dejará poco a poco (ya lo está haciendo) paso a un sistema de comunicación mucho más directo, participativo y casi inmediato.
Si echamos un ojo a las últimas novedades editoriales españolas nos encontramos con el nada desdeñable precio de 20 euros por libro (amén de cierta dudosa, cuanto menos, calidad literaria). Teniendo en cuenta que nos entretendrá una semana, que lo leeremos gratificantemente frente a la chimenea al lado de nuestro galgo con la pipa entre nuestros dientes... No es mucho, no, sobre todo si tenemos coñac al lado y una buena doncella para servirlo. Además, sólo es un libro.
Pues bien, y hablo ahora como autor de obras de ficción, los escritores malviven y los que se hacen con el beneficio directo producido por el libro son las editoriales (esto pasa desde los tiempos de Dickens, y ya ha llovido). El escritor se lleva un porcentaje mínimo de esos 20 euros (dependiendo del éxito que tengas). El resultado: hay que vender muchos libros para que alguien que sólo escribe pueda vivir dignamente con ello.
Estas mismas voces hablan de la falta de rigor en internet, de la necesidad de algo (llámese Gran Hermano orwelliano, llámese emperador de la galaxia) que nos libre de la tentación de toda esa bazofia.
Desde luego, la historia literaria nos habla bien a las claras de esto: La ingente cantidad de basura que se ha producido en estos últimos tiempos sólo es comparable con el día después a la Fiesta de la Cerveza en Alemania. ¿Alguien no lo ha notado? ¿Alguien no ha pagado esos 20 euros por un libro (por otra parte con una excelente portada casi siempre) y le han dado ganas de tirárselo al autor (y sobre todo al editor) a la cara? Bien, para aquellos que aún lean frente a la chimenea obras de Dante y Virgilio, están bien esos 20 euros, Pero para todos los demás creo que, como internet ha cambiado la manera de informarse, cambiará también la manera en la que disfrutamos del ocio los amantes (y creadores) de la literatura.
¿Qué pasaría si pudiésemos bajar el precio del libro a 5 euros o menos? La gran respuesta de esos nuestros fantasmas con eco (dueños de editoriales y demás, vamos a ponerles nombres): bajaría la calidad y que todo sería una selva.
Respuesta para estos “caballeros”: La calidad no puede ser peor. Me da vergüenza que, cada vez que digo que soy escritor, me digan que si escribo novelas rosas o sobre un documento templario que encontré mientras orinaba. Así que, si son ustedes los “guardianes” del buen gusto literario, les digo humildemente: búsquense un oficio digno y dejen de robarnos nuestros 20 euros.
¿Qué el panorama literario se convertiría en una selva? No, claro que no. Por desgracia, cuando pongo en un buscador cualquiera: “Pepito el de los palotes” me saldrá (seleccionada) de entre todas las entradas de Internet referentes a “Pepito el de los palotes” aquella que más interés haya tenido para los usuarios. Si existe una noticia mejor, serán los mismos usuarios los que decidan (mediante los links o enlaces desde sus páginas que esta noticia sea de mayor interés para nosotros, ávidos fans de nuestro querido Pepito). No es una selva, son entradas ordenadas según su interés (son los propios usuarios los que nos recomiendan sin quererlo).
Pero la maravilla de internet va mucho más allá (y esto lo digo para algunos colegas que parece tienen en gala escribir aún con pluma de ganso). Si los contenidos pueden ser indexados (listados) según categorías, entonces la persona interesada en leer algo (ejemplo, un ensayo) sobre Simone de Beavoir, obtendría, de entre todos los ensayos escritos, el que mejor se adapte a lo que busque. Ejemplo, queremos conocer las vicisitudes amorosas de esta señora. Metemos algo así como: simone beavoir, sartre, amor.
El resultado serían una seria de documentos sobre simone ordenados según:
a) Su adecuación a la búsqueda.
b) Su importancia social.
c) Su calidad (porque lo quieran o no, lo bueno siempre permanece y, por muy extraño que parezca, las personas no somos tontas del todo).
Claro, dirán estos señores, eso no tiene filtro, y cualquiera puede poner chorradas en las que se repita la palabra “amor” junto a Simone de Beavoir (y Sartre, ya de paso). Bien, esto ya ha sucedido, y los buscadores han eliminado las entradas porque no tienen importancia (las personas no las enlazarían). Dicho de otra manera, los motores de búsqueda no harían caso de esta entrada potencial, nos darían (salvo fallo improbable) el resultado que más se acomode a nuestros gustos como lector.
Luego viene el tema (que a todos parece interesar) del vil metal. El material literario abarataría su coste radicalmente. Pero hay un tema más interesante (y aquí me permito barrer para casa): los intermediarios se reducirían y los beneficios irían a parar a... (aquí suenan los aplausos y los vítores): EL VERDADERO AUTOR DE LA OBRA.
En un mundo injusto en el que los intermediarios se llevan casi el total de los beneficios producidos por la obra literaria, internet puede cambiar la forma de mirar el libro y, sobre todo, ampliar de una manera directa las capacidades y posibilidades literarias de la propia materia literaria.
Internet es la obra abierta que todo hombre de letras alguna vez soñó (salvo Torquemadas y alguna que otra alma en penitencia perpetua). Permitiría tanto al lector como al escritor un diálogo directo, mucho más rico y duradero (por paradójico que esto pueda parecer, aún nos asusta la inmediatez del medio). Pero aquí viene un punto capital: el autor escribiría de lo que realmente quiere, liberándose del grillete impuesto por las editoriales y llegando directamente a su público, un público con capacidad directa de elección (no sólo se basaría en lo bonita que es la portada o la crítica pagada en la revista especializada de turno) y con capacidad directa de veto sobre algunas obras (siempre se pueden hacer comentarios sobre una obra mala y, en caso de que este comentario tenga la aquiescencia del resto, la burbuja se extendería de una manera electrónica, de manera que el lector potencial sabría de los posibles inconvenientes de dicha obra).
El mundo se llenaría de obras literarias maravillosas, grandes o pequeñas, poemas de diez páginas y de mil versos, poemas santos y versos profanos, se llenaría, a través de nuestro particular Estigia electrónico, de textos grandiosos y otros no tanto... pero se llenaría, sobre todo, de los textos que al público de verdad interesan.
Por mucho que algunos digan, veo un cielo abierto para las letras y para el mundo. Los ecos provenientes de gobiernos miedosos, atrasados y totalitaristas (y aquí no hablo sólo de países de ideas directamente inspiradas en el comunismo) nos dirán que no, que el libro está mejor en la estantería, bien adornado con tapas de piel (amén de los impuestos que dichos gobiernos se llevan al bolsillo de esos nuestros queridos 20 euros). Para todos esos ecos, para todas esas voces que gritan calladas contra la libertad y el buen juicio, para esos hombres que beben coñac servidos por doncellas frente a la chimenea, les diría que echasen un ojo a nuestro armario, a nuestra economía y nuestros hogares, ¿en cuántos encontramos hoy esa chimenea y ese coñac añejo?
Quizá algún día podamos hablar de otro tipo de cuestiones, menos económicas, mucho más serias también. Podemos estar de acuerdo o no con el copyleft (en los asuntos literarios creo que el tema es bastante más espinoso que en el musical), establecer licencias GPL o Creative Commons, pero también podemos elegir cobrar por la obra o incluso (manda narices) publicar nuestra obra en papel bajo demanda (dícese, no pagamos por nada, y recibimos por ejemplar vendido, directamente, sin tener que pasar por la caja -y el más que posible mal gusto- de los editores).
Para los escritores, Internet no es ese “gran producto filantrópico” (cito textualmente, no sin ironía, la reciente frase de un abogado). Internet es la realidad con la que tendremos que enfrentarnos ayer, una gran herramienta de uso colectivo que (en teoría) debería traer una nueva era de “conocimiento justo”, no ya basado en las imposiciones estatales o mediáticas, sino el verdadero trato justo de la palabra y su verdadero valor.
El discurso de “queremos salvar los derechos de los autores” suena ahora extraño, como si una abigarrada argumentación planease quebrada: “nos quitan el negocio”. Internet no es el enemigo de los artistas, sino la herramienta para un futuro, como lo fue en su día la imprenta, que cambió el método tradicional de la difusión literaria (y no terminó precisamente con la vida de los escritores, sino que los llevó a un nuevo lugar en la historia).
Internet cambiará poco a poco el mundo, sólo hemos visto el principio de un gran movimiento..., y es que, por mucho que algunas voces quieran callar el eco de la libertad, no podrán nunca vencer al futuro.
Saludos, amigos lectores (ya me han dicho que esta fórmula está bastante pasada, pero la sigo utilizando, por eso de tocar un poco las narices). Quisiera, a raíz de las últimas críticas que he recibido, devolver un poco la pelota a mis queridos críticos que, me temo, leerán estas líneas. De no ser así... ¡qué diablos! Pasaré un buen rato al menos.

Leyendo un tratado de arquitectura (de Bruno Zevi, para ser más exactos) surgió, a raíz, creo recordar, de su análisis sobre la arquitectura romana... una reflexión en la que, sin duda, coincido: los proteccionismos académicos para con las diferentes ramas artísticas (suena bien sí).
Esto viene a decir que, tomando los parámetros fundamentales de este o aquel movimiento, podemos establecer en base a éstas las líneas directrices de éste o aquél autor. Total... que si decimos que todos los románticos son azules, lord Byron, en cuanto romántico, es azul (mi afición por los silogismos y las formas lógicas del pensamiento me llevarán a la inanición mental un día de éstos). Estos denominados "proteccionismos" sirven en gran medida para la "excelente" labor didáctica de algunos de nuestros profesores (todos los recordamos, sí, ahora sabemos que no tenían mucha más idea que nosotros, o incluso menos, en muchos casos). La labor institucional para con el alumno consiste en darle unas bases y luego, tirarlo al río (lo cierto es que poco importa, estará pronto trabajando en un taller clandestino, en uno de los múltiples y posibles casos). Pronto olvidará las etiquetas de romántico y su máxima noción del movimiento le llevará a hacer una cena con velitas en el mejor de los casos posibles (por cierto, tiene que ver la confusión, ya que en el momento del auge del movimiento, las roman, novelas en francés, tenían un claro carácter sentimental).
Pero lo peor viene cuando el individuo en cuestión no ha terminado clavando chinchetas o arreglando puertas. Hay algunos de estos esforzados alumnos que, no estando contentos con su futuro, se afanan en el saber y logran una sabiduría que envidiaría el mismo Heráclito (sí, es un chiste): logran conocer todas las etiquetas y asociar los nombres con dichas etiquetas (incluso han leído las contraportadas de los libros más populares). Éstos (ironía arriba ironía abajo) se convierten en los sabios de la actualidad, los "creadores de opinión", son aquellos a los que escuchamos embelesados y sus palabras se perfilan y nos llenan de magia.
Sí, estos señores devoran (a veces literalmente) recopilaciones y explican los autores rellenando los pequeños huecos que estos proteccionismos han ido dejando. Algunos de ellos, lo reconozco, no son tan estúpidos como planteo en estas líneas, sino que logran, entre estas vagas etiquetas, entresacar las características más adecuadas para determinado artista. Incluso hay algunos de ellos que logran evadirse de la etiqueta y "analizar" (horrible palabra) el momento.
Hasta aquí, más o menos, todo bien. El problema se inicia cuando estos tipos adquieren el sublime momento de sabiduría e iluminación y pronuncian las palabras ante el Sanedrín: "Tengo que comer". Bien, necesidades básicas, amigos míos. Total... que escriben libros aglutinando todo su saber y, para ello, recurren a las interpretaciones preestablecidas (dícese, volviendo a los proteccionismos) para hacer la labor de comprensión del texto más sencilla.
Total que, como en una pocilga, los excrementos vuelven al sacrosanto lugar del que no debieron salir. Los niños tienen esos fantásitcos y nunca bien ponderados "libros de texto" que dicen sólo una parte de la verdad o que, en otros casos, mienten más que hablan (y luego critican el fútbol). ¿Por qué? Porque, señores (y he aquí la peor de las conclusiones, parafraseando a Leibniz), el Leviatán se alimenta de las mentiras, y necesita de ciudadanos mal-informados para continuar su reinado.
Los eruditos y figuras intelectuales son, así, los principales responsables de esta continua mentira, de este "saber por interés".
Quizá podamos poner como principal causante de este mal (del que nos costará librarnos) sea esa disciplina mal-interpretada a la que llaman historia que parece decirnos que cualquier tiempo pasado fue más cruel que el actual e, incluso, carecían de necesidades tan básicas como un mando a distancia (si es que ya lo decía el sabio, eran unos bárbaros).
Pero quizá no sea la historia la verdadera culpable de este desastre cultural, si bien es cierto que, por regla básica, dota de los elementos causantes del desaguisado (las etiquetas que tanto se han dado en usar en historia). Esta "visión histórica" del arte es más bien heredera del uso que hace la "clase" política (lo de clase va son sorna, sí) del elemento artístico. La política requiere de esta visión histórica para justificar sus deplorables actuaciones (diciendo que en el pasado todo iba peor parecen lavar su imagen, "vivir para ver"). Por tanto, la historia, que, en principio, se erigía como la guardiana y máxima figura del saber, se convierte en un instrumento político (como el arte), siendo empleada en beneficio de la clase política.
Como muchos habrán podido comprobar (sí, lo de muchos es otro chiste) no soy lo que podría llamarse "un demócrata", ya que considero la democracia actual como una burla a todo sistema que tenga como base la libertad. Creo que, y ahora me permito hablar en primera persona, todo sistema que atente contra la libertad del individuo está en vías de extinción y es el propio individuo el que tiene que levantar la voz contra este sistema. Lo hacen bien, vamos a reconocerlo, el propio Leviatán (sistema político democrático) controla las vías mediáticas y coarta las actuaciones ciudadanas hasta convertirlas en una ecuación sencillas en la que el Estado permite controlar los comportamientos del individuo mediante breves fórmulas. Nadie se sale del papel.
El Estado ha cortado las vías de expresión y cada individuo opina lo que el Estado quiere que opine sobre este o cual tema (lo hacen de diferentes formas, a cual más sutil, sí, es otra ironía). El cambio ha sido que ya no nos dicen lo que tenemos que pensar (he aquí el gran engaño y el éxito del sistema al que llaman "liberal") sino sobre qué tenemos que pensar. Si plantean una guerra contra unos señores de piel oscura y los medios filtran las noticias que no digan "los de piel oscura han matado a tantos de piel más blanca", nuestra lógica silogísica pronto funcionará y nos dirá: ¡Pero qué malos son los señores de piel oscura! Sí, está claro, nos han dejado elegir qué pensar, pero no han dado todos los datos para poder pensar libremente, he aquí la gran mentira de este nuestro traicionero valedor.
Tampoco nos llevemos a engaño: esto siempre ha sido así, y a la gran masa del proletariado poco le ha importado las doctrinas políticas o los cambios históricos, incluso poco le ha importado su libertad. He aquí su lema, el que siempre será: "Tengo que comer". Sí, es el máximo lema de la actualidad, en el que nadie posee nada y hasta los más poderosos sienten el hondo temor de poder perderlo todo a cada segundo, y claro... "todos tenemos que comer". Sí, nuestro Leviatán (porque lo hemos criado con el sudor de nuestras frentes y nuestra falta de moral) nos controla, pero no hacemos nada por escapar de sus fauces.
Hemos entrado en un círculo vicioso tan largo como nuestra serpiente marina, es el fantasma que se muerde la cola. Nos decimos, "nada puedo hacer", "es imposible"... ¿Quién habla? Dijo el Leviatán.
No soy demócrata, soy un hombre que cree en el ser humano, por encima de leyes y estados, por encima de falsas convenciones y muy por encima de la moral tradicional. Soy aquél que, más allá del tiempo, sueña con hombres libres.

Sí, hermanos, sobre las cenizas de Roma se erigieron imperios nuevos, y sobre las ruinas de los siglos nacieron individuos capaces de cambiar el curso de una historia recreada.
Echando un rápido vistazo a la historia y, sobre todo, a sus intérpretes más aventajados (lo que, desde luego, no les confiere calidad de “personas”) observamos diferentes modos de interpretar el flujo de los acontecimientos. Están aquellos que creen en las ideas como motor de los aconteceres (los llaman idealistas, en un principio sin el carácter claramente menospreciativo que ha adquirido hoy la palabra); también están los marxistas (intérpretes económicos de la historia); los demócratas (que creen que el mundo ha esperado siglos hasta que se ha consumado, como diría Leibniz, “el más perfecto de los mundos”). Hay cientos, incluso los hay que interpretan los aconteceres de acuerdo a recetas gastronómicas y juegos del lenguaje.
Dentro de todas estas tendencias viene a predominar la marxista-democrática (dícese, que las masas “bien-pensantes”, siempre preocupadas por pagar hipotecas, son las precursoras de los grandes movimientos históricos). ¿Verdad o falacia gubernamental? Ya hablaba Hobbes de ese gracioso animalito llamado Leviatán (alejado de la raíz religiosa del gracioso pececillo en cuestión): Es un gran devorador que tiene que consumir muchos recursos (como un mal sistema operativo) y se alimenta de lo que los ciudadanos, gracias a ese lema de “Hacienda somos todos”, aportan “voluntariamente”. Sí, señores, este Estado-Leviatán de Hobbes se hace cada día más grande, y ha engordado hasta alcanzar proporciones sobre-marítimas, tiene grandes fauces y da un miedo terrible, de tal manera que los buenos ciudadanos (buenos marinos todos) ni siquiera se atreven a adentrarse en los confines del mar.
La leyenda del Leviatán tiene también su contrario: Beemoth. Dice el cuentecito (supongamos que en el Talmud) que será éste el encargado de terminar con el Leviatán. Pero son dos grandes bestias, y no puede fiarse Dios de este segundo monstruo, creado sólo para terminar con el Leviatán. Sí, hermanos: metáforas. Como dijo el bíblico poeta (nótese mi ateísmo de facto): Quien tenga oídos, que entienda.
Nuestro Leviatán se llama Estado, y gracias a este invento para confundir a estúpidos mal llamado “democracia”, tiene unas fauces cada día más poderosas. El Leviatán, incluso, ha alcanzado la sacrosanta capacidad de observar nuestros movimientos, de decirnos qué pensar bajo la sutil amenaza del silencio (ya lo decía Noelle Neumann).
Nuestro Leviatán no está creado por los políticos, pero estos le sirven y obtienen los despojos del monstruo, como esos parásitos que rodean a ciertos mamíferos. No nos engañemos, señores: El Leviatán es el espíritu de nuestro miedo y nuestro más temible conservadurismo. Sí, hemos llegado al más perfecto de sus mundos, un mundo en el que vivimos de despojos y, para colmo, estamos saciados en nuestra mendicidad.
Las masas arguyen incapacidad para enfrentarse a este monstruo pero, a la vez, muestran su estúpida fuerza en manifestaciones sin sentido. Se manifiestan y, así, juntos en hermandad, logran olvidar la gran mentira que es la razón de sus vidas: la miseria. Mientras, culpan a los esbirros del gran Leviatán de los pecados del mundo, esperando que, tras la sustitución de los sirvientes la corrupción cese. Sí, maravillas del bipartidismo, dentro de cuatro años volverán los antiguos esbirros.
El Leviatán no tiene moral, sólo encontrar las copiosas cantidades de alimento diario que necesita para subsistir. Su estómago no tiene fin, alimentémosle hasta que reviente su estómago... ¿tendrá fondo? Sí, ésta parece ser nuestra filosófica resolución.
En un mundo en el que el papel de Aquiles ha dejado de tener sentido, sólo la masa tiene fuerza. Confiemos en ella para derrotar al Leviatán, juntos, unidos en la estupidez. ¿Quién quiere derrotarlo?
Así, hermanos, como diría Alex, hemos vendido nuestra libertad a cambio de un plato de lentejas, de una comodidad mal entendida y malvendido el espectro de nuestro padre rey, verdadero pasado. Hubo un tiempo en el que nuestras conciencias no podrían soportar el peso de una muerte, un tiempo en el que, alejados del mundo, los hombres producían monólogos. Hubo un tiempo en el que un Hamlet libre, perverso ahora, era capaz de preguntar por la esencia de la crueldad y el pecado del hombre.
Ahora, esclavos, nos hemos liberado al fin de la capacidad de pecar, porque hemos entregado al Leviatán la llave de nuestra libertad. Ahora, por fin, nacemos incapaces de pecar: el Leviatán nos ha liberado.
Recientemente he comenzado una nueva aventura. Se llama “El misógino, diez lecciones de amor”. Es el primer libro de este tipo que escribo, aunque creo que podría ser divertido llevarlo a cabo (nada más que eso, no pretendo darle demasiado “toque literario”).
Tengo ya lista la primera lección que se intercalará con las dos primeras historias de amor (que poco tienen que ver con el amor). Serán, para variar un poco, veintidós capítulos, las diez lecciones y los veintidós relatos.
Lo publicaré en Grupo Alción (http://www.grupoalcion.net) a partir del lunes (con lo que estaré haciendo tres novelas a la vez, manda narices) y se publicará un capítulo cada quince días. Espero que, si alguien tiene la mala conciencia de leerlo, aporte sus comentarios maliciosos. Por cierto, no os lo toméis demasiado en serio, mujeres y amantes, sólo es una obra jocosa de un tipo aburrido que vive en una montaña.
El otro día, hablando con alguien de la obra (o un comentario de estos “intelectuales” que te salen con la quinta copa) me gané mi primer insulto: Subnormal. Estoy orgulloso y henchido de ganas de seguir. De todas maneras, si a alguno (o a alguna, aquí es cuando suelo guiñar el ojo) le da por insultar, que sepa que lo de “subnormal” ya está cogido.
Me gustaría recomendar algunos insultos, pero creo que estaría fuera de lugar (todos estamos muy…. ¿avezados? Desde que tengo el diccionario ese…). Decir que a raíz de “Diarios de un Fumador” ya me han llamado de todo menos guapo (aunque eso tampoco me lo llamaron antes del “Fumador”).
Siento el toque egocéntrico de este apunte, pero me apetecía escribir sobre lo que será, sin duda, una obra divertida de escribir.
Espero que, si os gusta, la leáis y me hagáis comentarios (podéis insultar, no os preocupéis).
Orgullosamente vuestro,