martes, junio 29, 2010

Lo que todo el mundo piensa, por Martín Cid

http://www.martincid.com

No sé si será que me estoy haciendo mayor o que el estado de las cosas no da para otro lema que el de “cualquier tiempo pasado fue mejor”, pero lo cierto es que estoy últimamente recordando mis tiempos en la Universidad. Fue en primero o en segundo cuando alguien me dijo (en el bar, por supuesto) que había que leer un libro escrito por una tal Noelle Neumann (alemana, sí). Si me hubiesen comentado algo de un trabajo en grupo o alguna otra actividad, la cosa no habría pasado del clásico “pídeme otra copa”, pero lo cierto es que un libro siempre alimenta el espíritu.
Noelle Neumann ha muerto hace poco (en marzo). Sin duda convendría recordarla un poco. Su aportación más famosa fue la teoría de La Espiral del Silencio. Dice más o menos (que por una vez no voy a copiar la definición de ningún sitio) que una persona no declarará a favor en un tema cualquiera cuando la opinión pública hacia ese tema es claramente contraria. Así se genera “la espiral del silencio” en la que nadie dirá nada si no es a favor de la opinión pública. Tengamos en cuenta que esta señora nació en 1916 y, por tanto, vivió algún que otro conflicto mundial.
Hoy en día esta teoría (que ya no sé si llamarla principio, porque comienza a ser bastante evidente) tiene una feroz validez no sólo en el campo del periodismo o de la comunicación de masas, sino en todo fenómeno cultural. Los libros se han reconvertido en una especie de panfletos de lo políticamente correcto y lo mismo ocurre en la TV, en el cine, en la política y hasta en el deporte… todos ellos sometidos a la eterna rotación de esta espiral.
Pero más allá de los medios de comunicación, esta espiral también tiene su efecto en una conversación mundana, en la que todos procuran adherirse a la opinión más popular para no caer en el silencio y comenzar a ser una minoría (la que se supone está equivocada).
Después de esta introducción, si quieren un tanto excesiva, iré al grano, les haré una pregunta (sí, soy una mala persona, lo tenía preparado desde el principio): ¿no han notado una gran diferencia entre lo promulgado en los medios de comunicación y la opinión de la calle? Todos los días me topo con una expresión tipo “mentiroso”, “fullero” o “mangante” (por no hablar de otras que suenan bastante peor) cuando aparece algún político en la televisión.
Las claves de esta desconexión son varias. Por un lado, vemos una creciente desconfianza en los protagonistas del sistema (los políticos) que no han sabido crear un clima de opinión pública favorable a sus intereses, sobre todo debido a la crisis económica mundial. También está el tema de la emergencia de nuevos medios de comunicación que van más allá del clásico esquema de emisor-receptor. Hablo sobre todo de internet, un nuevo mundo en el que ya está casi todo el mundo y que, por ahora, se escapa del control político al que siempre han sido sometidos los medios de comunicación. Desde mi punto de vista llegará el día en el que también internet estará controlado, sí… pero ese día aún no ha llegado.
Así y con todo, el ciudadano se siente hoy más que nunca imbuido en esta espiral del silencio por una razón: aún estando en la mayoría y sintiéndose identificado con sus semejantes, la opinión pública parece ir en contra de la opinión mayoritaria, intentando sostener la burbuja capitalista a base de medidas cuanto menos dudosas.
Y hablando de cuestiones dudosas: ¿de dónde vienen siempre las grandes soluciones? Claro está, del país que mantiene el imperio (en este caso, un imperio más económico que territorial): los Estados Unidos de América. Alguien dijo una vez (yo en un bar: ayer, 10 de junio del 2010) que las crisis económicas que a partir de 1929 asolaron Europa y América fueron las verdaderas causantes de la II Guerra Mundial. Ahora se critica a Bush por emplear esta misma economía de guerra, pero lo cierto es que ya sus ilustres antepasados en el trono (perdón, presidencia) lo habían hecho con más o menos éxito (que nadie se olvide de Vietnam). Y es que reza un principio del capitalismo financiero que el dinero tiene que estar en constante movimiento para que el invento funcione, así que el recorte en el gasto público (y demás soluciones chapuceras) no hará más que dejar a los pobres funcionarios sin dinero, lo que revertirá en un menor consumo y una menor fuerza económica del país del que hablemos. Cualquier política de recorte supone ir en contra del propio sistema y se erige en una especie de “parche pasajero” que nada va a arreglar a la larga.
(Lo sé, en mi párrafo anterior no he descubierto precisamente la pólvora)
Ya habrán deducido, inteligentes lectores, la solución final del asunto (sí, soy consciente de las connotaciones de “solución final”). No hablaré sobre este asunto porque la espiral del silencio me da mucho miedo y enturbia mis sueños, ni pronunciaré el final anunciado de esta crisis en manos de políticos herederos de la economía de guerra que ya llevó a Europa a la catástrofe. ¿Por qué? Porque la espiral del silencio es poderosa y me dirán ustedes: ¿cómo vas a decir que esto terminará en una (palabra que empieza por g y termina en a)? No, en absoluto, no predigo una nueva Guerra Mundial, pero sí que, como en anteriores ocasiones, algún país (y esta vez tendrá que ser algo mayor que Afganistán) vendrá a pagar los platos rotos de la maltrecha economía de los países del llamado capitalismo financiero.
De esta manera, ya lo supieron los antiguos, el dinero volverá a fluir y cambiar de manos y saltar y correr como rezan los principios de la economía de guerra.
Diría ahora Noelle Neumann: calla la boca, que no estás diciendo lo que pregona la opinión pública.
Y es por eso que hablo ahora, ahora que la opinión pública ficticia se ha debilitado ante unos ciudadanos descreídos.
Y es por eso que hablo ahora, ahora que se emplean los derechos humanos como bandera con la misma rapidez que se prende fuego a dicho emblema.
Así, cada día me despierto y leo los periódicos esperando la noticia, la que acabe con la crisis (y con cientos de vidas humanas).
Esto es Occidente.

**Martín Cid es autor de las novelas “Ariza”, “Un Siglo de Cenizas” y “Los 7 Pecados de Eminescu”, y del ensayo “Propaganda, Mentiras y Montaje de Atracción” (editorial akrón, 2010).
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Artículo publicado en:
http://www.lanaciondominicana.com/ver_opinion.php?id_opinion=1779

1 comentario:

J. A. Pamies dijo...

Buen artículo Martín. Esta vieja historia cuyas sombras se repiten, no esperamos un mal de esas dimensiones pero las semillas del odio esparcidas por esa mano calculadora y superior que se camufla en falsas prerrogativas aparentemente ideales son sin duda una realidad patente para cualquier observador un tanto alejado del sistema.